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Hablando con el liderazgo de Cristália, la primera impresión que tuve y que es recurrente en las conversaciones con líderes de tantos sectores, es que las historias de héroes anónimos brasileños serían, de hecho, un incentivo para la reconstrucción del nexo nacional.


Nacido en Sao Paulo en 1938, Ogari de Castro Pacheco, o Dr. Pacheco como quedó conocido, se graduó en Medicina por la USP en 1964 y concluyó su residencia en cirugía del aparato digestivo en 1966.


Se mudó para Itapira, ciudad del interior de Sao Paulo, donde trabajo en el Instituto Bairral de Psiquiatría, un hospital psiquiátrico filantrópico. Allí tuvo nuevamente contacto con una farmacia semiindustrial, la primera fuera de la facultad, y conoció a João Maria Stevanatto, que sería el proveedor del instituto. Pronto fundaron juntos la Clínica de Reposo de Itapira, que luego sería Clínica Cristália.


João Maria Stevanatto1, técnico contable, dentista, por muchos años empleado del Banco do Brasil, y descrito por su amigo y socio como “un ciudadano muy diferente al habitual, honesto, íntegro, inteligente, discreto”2, trabajó codo a codo con el Dr. Pacheco hasta su fallecimiento el 2007, poco antes de cumplir 74 años.


En plena década de 1970, los dos amigos no eran industriales formados en los años 90, tratando de globalización, tercerización, definición de competencias principales, visión crítica de activos en el balance y creación de valor para los accionistas. Ambos se convirtieron en adultos en Brasil de Juscelino Kubitschek, de la industrialización acelerada, del régimen militar, del milagro económico y de los grandes proyectos nacionales.


Entre 1967 y 1973, el PIB brasileño creció en promedio alrededor del 10,2% al año. Entre 1971 y 1973, casi 12,5%. El Estado presentaba el crecimiento industrial como demostración de que Brasil estaba finalmente dejando su condición histórica de país subdesarrollado. Ingenieros, médicos, químicos y administradores eran vistos como agentes de modernización. El futuro parecía mayor que el presente, había una creencia muy fuerte de que era necesario construir lo que aún no existía en Brasil.


El arquetipo del tiempo era “el hombre que hace”. No era exactamente el “emprendedor” angloamericano contemporáneo, sino más bien el industrializador. El sujeto que observaba una deficiencia y pensaba: “¿Por qué compramos esto a otros? ¿Por qué no lo hacemos nosotros mismos?”


La lógica de entonces, y que parece estar retomando vida en los gobiernos actuales, no era “cuál actividad debemos tercerizar para maximizar los retornos”, sino lo opuesto: “si dependemos de ella, debemos aprender a hacerla”.


Y aquí parece ser donde se origina el pensamiento determinante en Cristália y en toda una generación de negocios en el país: la creencia casi natural en la integración vertical.

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